Qué de bella puede tener la lista del supermercado. Mucho. La belleza de la rutina (que la leche no falte, que el pan esté fresco, que el jamón se renueve). La belleza de la cotidianidad actúa en diferentes niveles, algunos más sencillos que otros pero nunca simples. Que la esencia es inmutable, quiero decir.
También amo los accidentes del día, los antojos. El coliflor que llega a casa sin mucha premeditación (acaso porque su palidez se distingue en las verduras). Un hélado de cambur o la pasta de fibra reafirman nuestra subvertida curiosidad.
Una lista pegada con un imán en la nevera. Qué cosas estas las de estar vivo.
Hace cinco años emigré de mi país para seguir a la persona que amo. Poco pensé que dejaría mi ciudad, mi familia, mi casa y mi rutina. Fue no pensar y desarraigarse. Soy nómada, pero dedicarme a la escritura me hace sentir en casa. Habito el lenguaje en mi cotidianidad. Para algunos, los números o la arena son el material de trabajo. El mío es el español. La lengua es el país. Emigrar no nos quita nada, no nos desaloja de ninguna parte. Nos da la virtud de la movilidad.
Para dos extraños es algo incómodo juntarse, pero ella compartió su libro conmigo. Esa gentileza me turbó un poco. Seguí a leer otras cosas. Su escritura liviana. La comisura de sus uñas. La marca de sus lentes. Las iniciales en sus botones. El ruido de sus llaves. El color de sus nudillos… Era como estar frente a un cuadro que nunca había visto, una exploración de texturas, gestos, trazos.
Space is the place.